Queremos la fortuna, no la rueda

Queremos la fortuna, no la rueda

Creo también en el terror de no llenar la cuartilla por carencia de información o la calma para amanecernos produce el amontonadero sin el vuelo debido, el imprescindible en la buena literatura, que eso es, en principio, el periodismo. No se trata de la pluma de oro, pero sí del buen viaje de la prosa y los mejores telones finales, la frase que conmueva y que toque el corazón del lector, de esa manera el escribano en cuestión habrá cumplido con su deber y dado lugar a una agradable satisfacción, que es uno de los premios del profesional del oficio, tan íntimo y privado como el crédito desde la vez primera al verlo en su periódico. Recuerdo todavía confundida y humillada la espera a ver publicado un reportaje de esos iniciales cuando se es joven (y viejo)… apareció en primera plana y a ocho columnas, muy buena, con fotos magníficas y “por Margarita Mendoza López”. Siempre he estado segura del autor del desaguisado y de mi dolor imborrable. Y como las lecciones de Dorantes no las olvido (hombre generoso, honrado, aternurador, inolvidable para mí), voy a dividir en tres mi colaboración a fuer de aligerar mi texto con un tercio de temas diferentes… y volver a volar.

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Uno de los premios innúmeros que le otorgaron a Elena Poniatowska fue en la Cámara de Diputados antigua; allí concurrimos un nutrido grupo de amigas suyas todas picudísimas, de férrea izquierda y con ciertos semblantes de circunstancia por la trascendencia de lo recién ocurrido. A pie nos fuimos a un restaurante cercano, instalado en una de esas casas viejas del centro de la capital, segundo piso sin ascensor, como en el tango. Al atravesar los cuartos, ayer alcobas, uno tras otro, visualicé a una amiga, compañera de la LIII Legislatura y nos saludamos de lejecitos. Ya muy instaladas y relajadas, llenas de comentarios al respecto, de pronto se abre la puerta y entra Elba Esther Gordillo, quien atraviesa el salón, rodea la mesota en U y se dirige a mí, a quien abraza y yo abrazo y nos congratulamos sonrientes de vernos… El silencio mortal cayó sobre los rábanos y las copitas de tequila, todas observaban levemente escandalizadas como ante una corrida de toros. Elba y yo estábamos conscientes del escándalo suscitado, inútil e injusto (y eso que todavía no llevaban al tambo a Elba como a “Ladrillo”, el del tango —de nuevo y a propósito—). Dos o tres frases y Elba se retiró tras el consabido “con permiso”. Lo que siguió no lo recuerdo con detalle, solamente el silencio y la escandalera de comentarios… ella ratificaba el sentimiento afectuoso que la entonces diputada, como lo era yo, me ofrecía una vez más: pequeños detalles de finura, alusiones inteligentes a mis novelas, en fin, esa buena educación con alguien a quien se aprecia y no “va a creerse de más” con demostraciones gentiles. Pocas son las personas que trataba (ahora estoy recluida con mis perros) dignándose aludir a algo por mí escrito, es decir, tocándome la aorta más sagrada de mi corazón (donde están mi amor, mi trabajo literario y periodístico y la expresión de mis opiniones sin que me fusilen como al perro de Salma Hayek —el noble Mozart—). Así le doy las gracias a Elba Esther, deseando la manden a su casa al fin.

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  No me salió muy bien la medida, pero ya iré entrando en calor, si Dios me presta vida, como dicen en mi tierra, y no para atestiguar en mi amado bosque de Chapultepec que se construyan edificios de diez pisos para arriba… no podemos dejar nuestro bosque, donde caminó Nezahualcóyotl, echó ojo Maximiliano imaginando el mar de su tierra o por lo menos Cuernavaca de sus amores, donde ocurrió la gesta de los niños héroes y tuvo lugar la meditación altísima de don Benito Juárez, en manos de la avariciosa devoradora de terrenos mexicanos, ansiosa por construir departamentos inalcanzables para nosotros, los mexicas, y donde no cabe ni un perrito que ladre… Menos toparme —si Dios me presta vida— con la traída a colación y llevada rueda de la fortuna. Podrán haberlas en Las Vegas (que ni mandadas hacer), en Singapur, en Londres (perdón Virginia Woolf), en Viena, en Tokio, en Nueva York, ¡pero en Tenochtitlan! Bonitos moños en los bueyes de mi compadre, pero no en mi corral.

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Source: Excelsior

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