Aun cuando no lo aceptemos, hoy, el mundo es otro; ¿por qué seguimos en lo mismo?

Aun cuando no lo aceptemos, hoy, el mundo es otro; ¿por qué seguimos en lo mismo?

¿Por qué esperar obtener un resultado diferente, cuando seguimos haciendo lo mismo? ¿Por qué si la evidencia demuestra que el mundo es otro, aquí —y en algunos países más—, seguimos venerando lo que hicimos durante decenios? ¿Por qué si los resultados de lo que hacíamos mal fueron desastrosos, estamos decididos a repetirlo?

¿Por qué, incluso las mentes más lúcidas —eso dicen de sí mismos—, actúan y piensan como si estuviéremos viviendo en los años treinta o cuarenta del siglo pasado? ¿Qué esperamos que suceda, si insistimos en recorrer la misma ruta del desastre? ¿Por qué pensar que los problemas los resolveremos sólo con palabras, o con el texto legal sin ir más allá, sin hechos y sin aplicar integralmente las leyes aprobadas?

¿Qué nos dicen hoy, las transformaciones vistas estos últimos 35 o 40 años en la República Popular China, la República de Vietnam y en lo que era Europa Oriental? ¿Acaso nada hemos aprendido del proceso de degradación en la vieja y hoy extinta Unión Soviética? Es más, ¿por qué no extraer enseñanzas de lo que hacen, lo que queda de ese par de ancianos seniles de los Castro?

¿Por qué no aprendemos algo, si durante estos últimos treinta años hemos visto cambios profundos en países cuyos gobernantes y clase política juraban que ahí nada cambiaría? ¿Acaso lo que hoy vemos que sucede en Venezuela, nada nos dice de querer poner en práctica políticas públicas erradas, a contrapelo de la historia?

Hoy, cuando la realidad nos está cobrando una montaña de facturas sin pagar desde los años setenta, queremos aplicar las mismas recetas de los viejos curanderos. ¿Por qué recurrir a los fomentos, sahumerios, tés milagrosos, agua de Tlacote y limpias con un huevo de gallina cuando, a la vista de todos está, que lo que urge al enfermo —que ronda ya el estado terminal— es cirugía mayor y, posiblemente, la amputación de uno o dos miembros?

¿Por qué aferrarnos a lo que no funcionó, a lo que pertenece a una época que ya dejamos atrás? ¿Acaso la única explicación posible, dada nuestra realidad y la conducta de nuestra clase política, que desde tiempo inmemorial ha saqueado las arcas del erario, es que los nuevos, los recién llegados, quieren también su parte?

Hoy, no importa a donde vayamos, encontraremos una nueva realidad; sin duda, ésta guarda formas y modos de los viejos regímenes, pero los cambios están ahí; las nuevas formas de hacer negocios y buscar nuevos mercados han empezado a conformar nuevos grupos sociales, cuya visión del mundo y del futuro contrasta con la de sus padres y abuelos.

El mundo ya es otro; incluso en Corea del Norte, la realidad que hoy se vive en el mundo obliga al dictador en turno —nieto del maestro en esto de gobernar de manera autocrática, fundador de la dinastía, Kim Il-sung—, a tener que reconocer que debe, al menos, enfrentar sanciones como respuesta a su desquiciada conducta.

¿Y nosotros aquí? Para decirlo claro y sin ofender, en lo de siempre; en lo que deja carretadas de dinero a los responsables de otorgar este o aquel contrato, por ejemplo. La idea perversa que se nos inculcó desde los años treinta del siglo pasado —que México era único, que tenía su propia vía—, sigue en la mentalidad de la casi totalidad de nuestra clase política.

¿A dónde nos llevará esta visión de los que nos gobiernan, y de los que legislan? ¿No lo adivina? ¿Le dicen algo estos años: 1976, 1982, 1987 y 1994?  Si no los vivió, pregunte, por favor.

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Source: Excelsior

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