Por Juan Arellanes *
El extractivismo es la obtención masiva de materiales y energía para abastecer las necesidades metabólicas de la civilización global. Explota recursos fósiles no convencionales (arenas bituminosas), utiliza métodos no convencionales (fracking y minería de remoción de cimas), impulsa megaproyectos como plantaciones, corredores eólicos y presas hidroeléctricas, acapara tierra y agua en cantidades superlativas y genera graves externalidades sociales y ambientales.
David Harvey propuso el término “acumulación por desposesión” (ApD) para describir el proceso de mercantilización masiva y acelerada de recursos, territorios y comunidades. La “liberación” de activos a bajo coste permite su rápida apropiación para usos rentables. Lejos de ser un proceso dirigido estrictamente por las fuerzas del mercado, la ApD sólo es posible por la intervención del Estado mediante su pretendido monopolio de la violencia y su capacidad de definir la legalidad. Los megaproyectos extractivistas provocan, inevitablemente, el surgimiento de movimientos de oposición local.
Aunque históricamente han existido “zonas de sacrificio”, definidas por Naomi Klein como territorios “a los que no se reconoce un carácter plenamente humano, lo que hace que su envenenamiento en nombre del progreso nos resulte más o menos aceptable”, éstas solían afectar a poblaciones pobres y sin poder político. Pero la disminución de recursos convencionales obliga a ampliar las zonas de sacrificio hacia lugares menos pobres y más empoderados (el documental Gasland muestra cómo las zonas de sacrificio se han extendido hasta Nueva York). Simultáneamente, quienes antes carecían de voz, han empezado a tener representación política y presencia mediática.
El brutal asesinato, el jueves pasado, de Berta Cáceres, coordinadora del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras y líder de la oposición indígena lenca a la construcción de la hidroeléctrica de Agua Zarca, ha tenido gran repercusión mediática. Personalidades como Leonardo DiCaprio, Luis Almagro y diversos mandatarios, se pronunciaron contra dicho crimen. Cáceres fue honrada el año pasado con el premio Goldman (conocido coloquialmente como “el Nobel de Ecología”). Pero, más que ecologista, Cáceres era una activista contra la ApD. Lo mismo puede decirse de otros ganadores del premio Goldman, como Ken Saro-Wiwa y Rodolfo Montiel.
Contra lo que supone la ilusión del progreso, la periferia no está alcanzado el nivel de vida del centro: el centro se está periferializando. Conforme pase el tiempo habrá menos recursos convencionales y más uso de métodos extremos de extractivismo. Habrá más ApD y más zonas de sacrificio más cercanas. Habrá mayor resistencia local y, tristemente, más asesinatos de activistas que, según Global Witness, promediaron dos por semana en 2014.
La muerte de Cáceres, además de provocar indignación y exigencia de justicia, debería abrir un amplio debate público. Aunque se toquen fibras muy sensibles, debe cuestionarse el paradigma del crecimiento, lo que implica cuestionar el núcleo de las convicciones del privilegio moderno.
La cuestión es si la humanidad será capaz de construir una civilización emocionalmente madura y sostenible, o si se resignará a la violencia entrópica de la ApD por ser incapaz de controlar sus impulsos consumistas.
* Profesor de Geopolítica. Facultad de Estudios Globales, Universidad Anáhuac México Norte.











