Después de su retiro en la lucha contra Venustiano Carranza, Pancho Villa convirtió a Estados Unidos en el objeto de sus actividades.
Era obvio para él que Washington había apostado por Carranza para formar gobierno. Y peor se volvió su coraje cuando se enteró de que las autoridades de ese país pretendían juzgarlo por la muerte del empresario británico William S. Benton, asesinado en un hotel de Ciudad Juárez en febrero de 1914, por una disputa relacionada con un rancho.
Villa estaba decidido a vengarse de Washington y, al mismo tiempo, deseoso de generar un conflicto entre México y Estados Unidos que él pudiera capitalizar.
El 10 de enero de 1916, desmovilizada la mayoría de sus hombres, un grupo de sus adeptos atacó un tren que iba de la ciudad de Chihuahua a la población minera de Cusihuiriachi, llevando un grupo de ciudadanos estadunidenses, encabezado por Charles Watson, el administrador de la mina.
Los estadunidenses fueron desnudados y asesinados conforme bajaban del tren. Sólo uno de ellos sobrevivió tras esconderse en la maleza.
Nunca pudo dilucidarse si el propio Villa había ordenado el ataque. De acuerdo con el historiador Friedrich Katz, El Centauro del Norte se encontraba lejos de la escena, aunque ya había comenzado a afectar intereses estadunidenses en Chihuahua.
El 18 de enero, el núcleo duro del villismo estaba acampado en el paraje de Los Tanques, al suroeste de la capital estatal. Ahí fue cuando Villa les comunicó a sus cercanos el plan de atacar una población fronteriza. Originalmente contempló alguna en las proximidades de Ojinaga. Sin embargo, desistió de esa incursión cuando algunos de sus hombres comenzaron a desertar.
Villa cambió de estrategia y partió hacia su cuartel en la hacienda de San Jerónimo. Ahí organizó una leva de antiguos partidarios y amenazó con matar a cualquiera que abandonara sus filas y dejar a sus familiares “colgados de los álamos del río”.
El 17 de febrero, seis contingentes, que sumaban medio millar de hombres, se pusieron en marcha hacia Columbus, en la frontera con Nuevo México.
La marcha, de unos 400 kilómetros, duró más de dos semanas. Los villistas avanzaron por parajes desolados, a menudo de noche, para no ser detectados por las fuerzas carrancistas, relata Katz en su biografía de Pancho Villa.
Quienes se atravesaban en su camino eran hechos prisioneros. Si eran mexicanos, se les liberaba después de unos días. Sin embargo, a los extranjeros no les fue tan bien: de un grupo de cuatro vaqueros estadunidenses, dos fueron colgados, mientras que una mujer y un hombre negro fueron obligados a acompañar a los villistas.
Un informe militar estadunidense ubicó a los rebeldes en la Sierra de Boca Grande, a unos 40 kilómetros al sur de la frontera. La información fue transmitida al jefe de la guarnición en Columbus, el coronel Herbert Slocum. Éste envió a un informante al otro lado de la frontera, pero volvió sin datos y Slocum decidió que era un simple rumor.
No se sabe exactamente por qué Villa había decidido atacar Columbus, una pequeña población sin importancia económica ni posición estratégica.
Una de las versiones es que deseaba vengarse de Sam Ravel, un empresario judío que era dueño de una tienda y un hotel en la localidad y en algún tiempo había sido traficante de armas. Aparentemente, Ravel había vendido cartuchos sin pólvora a Villa cuando éste preparaba la batalla de Celaya.
Lo cierto es que los soldados villistas llegaron a la frontera el 8 de marzo y esa misma noche informó a sus hombres que el plan era atacar Columbus durante la madrugada.
Como avanzada, envió a Candelario Cervantes, veterano de la lucha contra Huerta. El experimentado revolucionario volvió con una información equivocada. Dijo que la guarnición local tenía unos 50 hombres cuando en realidad tenía unos 600. El ataque sería un desastre militar, pero avivaría la leyenda de Villa, sobre todo cuando la expedición punitiva estadunidense lanzada para capturarlo —echando mano de la mayor tecnología bélica de la época— regresaría con las manos vacías.













