No sé si el resto de los hombres tenga el mismo impedimento. Me resulta difícil entender el 8 de marzo, lo que sea que pretenda conmemorar y si acerca de ello existe consenso entre todas las mujeres. Confieso que desde siempre he entendido con dificultad las desigualdades entre hombres y mujeres y los caminos posibles para corregirlas. Creo en las diferencias naturales y en las razones para entenderlas necesarias en pro de la supervivencia. Entiendo en principio que la complejidad de las tareas femeninas resulta de mucha mayor cuantía, obligándolas desde que andamos en dos pies a ocuparse de ellas de forma absolutamente prioritaria. El estro, la concepción y gestación, la parición, la lactancia y la crianza, meramente biológica en principio y cada vez más sicológica y social, han sido desde siempre aptitudes femeninas, a las que se ha sumado la tarea de hacer casa y familia.
La virilidad parece mucho más simple: cortejar, fecundar y proveer. En los escasos requerimientos de esa sencillez habría estado la tendencia, con los años, a que los hombres fueran convirtiendo sus prerrogativas en derechos que les concedían jerarquía. No dudo que así haya sido; mucho menos pongo en duda que esta tendencia deba corregirse. El consecutivo enojo femenino se ha institucionalizado en pleito político y social durante los últimos 150 años, y con plena conciencia del repudio que mis letras provocarán a muchas mujeres, suelo pensar que a ellas se les dificulta luchar por sus causas porque, con sabias y justas intenciones, les sigue faltando claridad.
Mi personal conmemoración del 8 de marzo tuvo que invocar a las poetas, para que me ofrecieran la visión femenina del viaje de la vida. Escribió Pita Amor, por ejemplo: “De mi esférica idea de las cosas/ parten mis inquietudes y mis males/ pues geométricamente, pienso iguales/ lo grande y lo pequeño, porque siendo/ son de igual importancia que existiendo”. Con su verso enreda la simplísima lógica de cualquier hombre sin que con mi afirmación me permita poner en duda su feminista complejidad. En uno de varios Amorettos escribe Ethel Krauze: “Quiero andar tu sudor y tu saliva,/ atreverme a probar el agua viva/ que en tu beso refleja la dulzura”. Con ella me voy aproximando a la natural necesidad de un chango cualquiera, al que no le queda más que confiar en la sabiduría que viene de los amores de mujer. Elva Macías parece mucho mejor dispuesta a desentrañar misterios para volverlos esencia femenina: “Soy una tejedora que urde y trama/ a su sólo deseo,/ la guirnalda, la música,/ las joyas, el fruto, el asta erguida,/ el espejo vacío:/ el sol de los amantes”. Con un pie en la cosmovisión filosófica y otro en el amor de mujer, no encuentro mayor consuelo que convocar a sor Juana: “Detente, sombra de mi bien esquivo,/ imagen del hechizo que más quiero,/ bella ilusión por quien alegre muero,/ dulce ficción por quien penosa vivo./ Si al imán de tus gracias, atractivo,/ sirve mi pecho de obediente acero,/ ¿para qué me enamoras, lisonjero?/ si has de burlarme luego fugitivo”. Ella lo aclara todo. Y no es que no tenga voluntad de reflexionar sobre la igualdad de géneros. Pasa que la disposición amorosa de las mujeres parece ser de una fuerza que hace nada todas las demás pretensiones. Mi sesgado pensamiento médico cree que la oxitocina ha regido el devenir humano. Yo en tanto, como Stephen Hawking, sigo pensando que lo que cada año se recuerda es el mayor de todos los misterios.










