El siglo XX, no cabe ninguna duda, representó una auténtica convulsión de la cultura humana. Lo trastocó todo. Ni una sola certeza quedó en pie. No sólo el mundo ya es otro, sino que ni siquiera sabemos a ciencia cierta cuál es ese nuevo mundo en el que nos encontramos y a dónde conduce.
El siglo XX fue una revolución en todos los planos del quehacer y del que pensar. Sólo comparable al siglo IV a.n.e, llamado el de Pericles o el XVI, cuando hizo erupción el Renacimiento.
El gran maremágnum no conocerá límites ni riberas. Aparecerá el arte abstracto y la música concreta, los performances y las instalaciones. El rock y la canción protesta. La contracultura y el arte efímero. Los jeans y las minifaldas. El bossa nova y la canción de autor. El boom de la novela latinoamericana y el jazz.
La automatización y la masificación. La mediatización, la explosión demográfica y el torrente democrático. La plaga del transporte por todos los medios. La destrucción del medio ambiente y la extinción de miles de especies vegetales y animales. La embestida del cáncer y la irrupción del sida. Guerras de magnitud e intensidad nunca antes soñadas. Ni en las peores pesadillas. El genocidio de los judíos en Europa y de los japoneses en Oriente.
No obstante es en el plano de la organización social donde las mayores conmociones se producen. El triunfo de la primera revolución socialista en Rusia modificará para siempre más los códigos de convivencia. A pesar de que dicha revolución haya entrado en receso indefinido. La impensable y deslumbrante Revolución cubana. La guerra de Vietnam y la derrota estrepitosa del Imperio. La abrupta y definitiva descolonización africana.
La guerrilla latinoamericana, desde Lucio y Genaro en México hasta los Tupamaros en Uruguay, pasando por Yon Sosa en Guatemala, los Farabundo Martí en El Salvador y los sandinistas en Nicaragua. Tirofijo Marulanda en Colombia y Douglas Bravo en Venezuela. Hugo Blanco en Perú y Marighella en Brasil. El continente se inflama.
La reivindicación sindical, que venía de lejos, conoció a inicios del siglo, un auge importantísimo, sobre todo en su vertiente anarquista. Un solo ejemplo basta. Escojo la huelga textilista de Cataluña en 1913, de las pocas triunfantes. Y de una magnitud inaudita. Movilizó a cientos de miles de trabajadores. Dirigida por el legendario Ángel Pestaña, se convirtió en el modelo a seguir en los años siguientes en toda Europa.
Pestaña encontró numerosos seguidores obreros en núcleos vecinales ordinariamente segregados. Mientras impugnaba veredictos injustos, tajante aborreció negociar arreglos para recibir ofrecimientos pecuniarios. Tampoco aceptó nunca meterse en vericuetos abogadiles.
En Estados Unidos también cundió el ejemplo anarcosindicalista, que fue ahogado en sangre. Sacco y Vanzetti. Y el movimiento negro. El soft del reverendo Martin Luther King, y el hard de Malcolm X y sus Panteras Negras. El asesinato de ambos. El de Marilyn y el de los hermanos Kennedy. La prohibición y el crack del 29. Y Watergate.
El pacifismo y el ecologismo. La cultura hippie y los escritores gringos rabiosos, la generación beat, de Kerouac a Ginsberg y Burroughs. El video casero. El auge y la comercialización del porno.
No obstante fue en el campo de la ciencia y el saber dónde se producen los mayores fuegos de artificio. Surgen simultáneamente la teoría de la relatividad y la de la mecánica cuántica. La primera referida al macrocosmos y la segunda al microcosmos. Aún no ha sido posible elaborar la llamada y ansiada “teoría unificada” que las haga compatibles; sin embargo, ahí están ellas, inconmovibles, dejando claro que en el mundo real las cosas no son ni suceden como las pensábamos. El tiempo, por ejemplo, transcurre a veces más rápido y a veces más lento, e incluso, en el colmo, en ocasiones al revés, y los efectos preceden a las causas. Con el espacio resulta que sucede algo semejante, y ya nada es como creíamos que era.
La maldita broma se la debemos a una cohorte de irresponsables que no tenían otra cosa mejor que hacer que pensar. Sabemos sobre todo de Albert Einstein, para las madresotas gigantes y de Niels Bohr para las madrecitas minúsculas. Pero de hecho son miles los responsables de tal desacato.
En el terreno de la biología aparecen los genes, los cromosomas y ese atolondrador espiral del ADN, con toda la recua de la biología molecular, de la mano de un tal James Watson y su contlapache Francis Crick, que no sólo ponen de cabeza lo que creíamos saber, sino también lo que podíamos hacer, como los clones o los transgénicos. Qué desmadre.
Aparecen las vacunas y los antibióticos, los coches y los aviones, la píldora anticonceptiva y el rayo láser. El radio, el cine y la televisión. Los viajes espaciales, los rascacielos y el aire acondicionado. Los transistores y las computadoras, los teléfonos y la bomba atómica. El plástico y los chunches desechables. Los refrigeradores caseros y las estufas a gas. Ya nada será como antes.
Todo eso, sin embargo, lo que digo y lo que callo, la gran eclosión queda a la sombra del mayor y más brillante logro del siglo. Logro de consecuencias inabastables e impredecibles. Y cuyo advenimiento configura de manera inequívoca e irreversible todo el futuro de la raza humana. Nada es comparable con ello. La clave de toda la gran metamorfosis de nuestra sociedad es el brillo enceguecedor y el estallido ensordecedor de la irrupción de la mujer en el mundo.













