Opinión

La efervescencia de las celebraciones en el mundial

Durante 24 días, la afición mexicana fue una de las principales protagonistas del mundial de fútbol. El Ángel de la Independencia y Reforma fueron los puntos de reunión de aficionados y extraños a este deporte. La pregunta es: ¿por qué? ¿Qué llevó a cientos de miles de mexicanos a celebrar en una de las principales avenidas de la Ciudad de México con esa euforia?

La explicación más inmediata es la combinación entre el país anfitrión y la idiosincrasia mexicana. Es decir, el amor por la fiesta y el ambiente propio de ser sede del mundial por tercera ocasión en la historia. Pero, desde mi punto de vista, esta respuesta no explica satisfactoriamente lo que presenciamos en las últimas tres semanas y, aunque no es sencillo de explicar, al menos esbozaré una primera aproximación.

El punto de partida fue la popular frase de apenas cinco letras que se transformó en un mantra: “¿Y si sí?” A diferencia de otras expresiones como “ya merito”, “imaginemos cosas chingonas” o “si se puede”, esta nueva frase anhela un desenlace positivo para el fútbol mexicano sin límites.

La idea del “¿Y si sí?” va más allá de los octavos o los cuartos de final. De hecho, hasta ahora funciona como una petición sobrenatural para acceder a algo mediante la divinidad o la suerte, tras varios intentos fallidos. Representa un estandarte de lo imposible, de lo ideal, del anhelo del fútbol mexicano.

En ese sentido, las celebraciones que observamos pueden entenderse como un estado de efervescencia en el que las emociones suben sin límites hasta desbordarse. De acuerdo con el sociólogo francés Émile Durkheim, este nivel de gozo puede describirse de la siguiente manera:

“El hombre se hace otro. Las pasiones que lo agitan son de tal intensidad que sólo pueden satisfacerse con actos violentos, desmesurados: actos de heroísmo sobrehumano o de barbarie sanguinaria”. (Las formas elementales de la vida religiosa, 1912).

En otras palabras, la gente llega a espacios a los que no acude si el momento no se lo permite, porque no son acciones cotidianas, como el estrecho contacto físico, en algunos casos pasional, con extraños. El sociólogo utiliza como ejemplos las cruzadas o las revoluciones, pero creo que también cabría considerar el mundial, un torneo que se celebra cada cuatro años, aunque no llega siempre al mismo sitio.

De este modo, las celebraciones en la Ciudad de México (y en todo el país) obedecen a un ritual que conjuga distintos elementos: el ideal de nación (representado por el Tri), el sentido de pertenencia, el mundial y las redes sociales que contagiaron masivamente esta forma de celebrar.

Pero cuando aquel rito era interrumpido abruptamente, producto de las mismas acciones que lo rodeaban, las emociones se tornaban hostiles y violentas. En Cabo San Lucas, Baja California, un hombre murió a golpes de una multitud que, de un instante a otro, pasó de celebrar la victoria contra República Checa a buscar venganza.

La víctima quedó atrapada en su vehículo entre la aglomeración de personas. Cuando intentó evadirlas, varias personas lo empujaron y lo hicieron tambalear; esto provocó que acelerara y atropellara a varias personas antes de chocar. Tras el incidente, las personas sacaron al hombre del coche y lo golpearon antes de que llegaran las autoridades. El conductor falleció días después.

El caso muestra el peligro latente que recorre esta efervescencia y lo que ocurre cuando la multitud se torna en turba. Este tipo de celebraciones presenta aspectos criticables y actos reprochables. Sin embargo, no son necesariamente negativas por su mera realización.

Detrás de cada aglomeración, había una sociedad mexicana que aprovechó para celebrarse a sí misma e introducirse en una narrativa sobre lo posible e imposible, que gira en torno al ser nacional.

Por supuesto, surge una nueva pregunta: ¿estos actos cometidos durante este periodo de efervescencia son propios de ese momento o pueden reproducirse con la misma tolerancia en otras circunstancias? Por ejemplo, la crítica que suele rodear las marchas y las protestas, ¿no cae en una suerte de hipocresía al condenar los mismos actos en contextos distintos? ¿O es acaso esta misma efervescencia la que lo hizo posible?

 


Ignacio Anaya es licenciado y maestro en historia. Es creador de “El pasado a color”, columnista en El Heraldo de México y en Vértigo Político, y colaborador de “El dedo en la llaga”.

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