@Mzavalagc
Ciudad de México, 13 Feb.- Hace varios días, Transparencia Internacional dio a conocer que México se desplomó 28 lugares en el Índice de Percepción de la Corrupción 2016. Tuvimos una puntuación de 30 en una escala que va de 0 a 100, donde 0 es el país peor evaluado en corrupción y 100 es el mejor.
Estamos empatados con Moldova y Laos y —a pesar de sus graves escándalos— a Argentina y a Brasil les va mucho mejor que a nosotros. Uruguay, Chile y Costa Rica parecen inalcanzables. Y con los países de la OCDE, mejor ni compararnos. Es todavía más preocupante que México haya caído así a pesar de la creación del Sistema Nacional Anticorrupción.
La explicación de Transparencia Internacional es contundente: “Los cambios en el marco legal e institucional deben acompañarse de acciones para desmantelar las redes de corrupción […] Los casos conocidos por la comunidad nacional e internacional no deben quedar impunes”.
Se confirma que el muro que más nos debe preocupar, el muro que realmente está frenando nuestro desarrollo, es el muro de la corrupción. Todos nos indignamos cuando un tuit de Donald Trump frena la inversión de una empresa, pero, ¿cuántas empresas deciden no venir a México por la corrupción?
Todos nos ofendemos cuando nos dicen que Trump quiere hacernos pagar por su muro pero, ¿cuánto nos cuesta sostener instituciones de gobierno abusivas y corruptas? El panorama es oscuro, pero estoy convencida de que sí es posible cambiar las cosas. México no es un país condenado a la corrupción.
Es mentira que sea un asunto “cultural”. No somos un pueblo corrupto, la inmensa mayoría de los mexicanos estamos dispuestos a hacer lo que tengamos que hacer para lograr un México en donde ser honesto no tenga que ser un acto heroico. La forma de lograrlo es con una ciudadanía consciente, activa, que utilice su voz, su organización y su voto.
Transparencia Internacional hace una serie de recomendaciones: asegurar una Fiscalía General capaz, autónoma e independiente; que el Congreso General y las legislaturas de los estados cumplan su función de contrapeso y vigilancia; asegurar la correcta implementación del Sistema Nacional Anticorrupción; y la adopción de medidas que fortalezcan la apertura gubernamental y la fiscalización del gasto público, entre otras.
Esas recomendaciones son correctas, pero no van a ocurrir por sí mismas si no hay liderazgos éticos en los gobiernos. Por eso, los llamados a la unidad que está haciendo el gobierno ante las amenazas externas no excluyen que la sociedad siga exigiendo rendición de cuentas. Al contrario. Si queremos ser un país más fuerte tenemos que erradicar la corrupción de las instituciones públicas. Si queremos enfrentar los retos del exterior, debemos derribar los muros internos como el de la corrupción. No nos equivoquemos: unidad no es impunidad.
Conozco el poder simbólico y real de las marchas ciudadanas y por eso me da gusto que la manifestación de ayer nos haya permitido enviar un mensaje de solidaridad a nuestros paisanos en Estados Unidos y hacerles saber que no están solos.
Estar a favor de la dignidad de México y en contra de Trump y su discurso de odio es una obligación ciudadana, al igual que llamar a cuentas a nuestros gobernantes y exigirles eåcacia en el ejercicio del gobierno. Espero que esta manifestación sea un paso más para que la sociedad pase de la indignación a la acción. Si el “sueño americano” se volvió pesadilla, entonces habrá que construir juntos el “sueño mexicano” con pluralidad, con respeto, con exigencias, pero sin odio.
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