Cuando la muerte llega, ni quien la pare. A veces uno puede ganar tiempo, me refiero a horas reales y gozosas, no a permanecer en un hospital entubado o sedado. Existe un truco, rétela a una partida de ajedrez. Ella es fanática del juego, y por supuesto, experta. Su coeficiente Elo es máximo, nunca ha perdido, los dos mil 889 puntos actuales de Magnus Carlsen, quien ostenta la marca humana en ese asunto, la hacen sonreír. Nadie desea enfrentarla, ella, en cambio, generosa, juega con quien sea, mientras esté sentenciado a morir y desee despedirse con una combinación final… y mortal. Despreocúpese, no hará trampas, es justa, a nadie se lleva antes del jaque mate. Desconocemos si los Grandes Maestros jugaron su última partida contra ella o prefirieron inclinar el rey desde el principio. Yo apostaría que el ególatra de Kaspárov sí la enfrentó, es más, creo que hasta se enojó al percibir la derrota inminente. El caso de Fisher no es tan claro, quizá al perder acusó a la mujer de la guadaña de ser judía y de interferir con sus pensamientos por medio de la telepatía. Recordemos que Bobby usaba un casco hecho con papel aluminio de cocina, cuya forma de cucurucho era igual al de un empaque gigantesco de los chocolates Kisses, para evitar que leyeran en su mente. Pero ¿qué hacer si uno no conoce o no le gusta el ajedrez? ¿Cómo escabullirse unos instantes? ¿Aceptaría la dama otro tipo de competencia, digamos, una más física, correr acaso?
Esta pregunta fue la que decidieron abordar un grupo de científicos australianos. La investigación comenzó entre los años 2005 y 2007. Para realizarla escogieron a mil 705 hombres de 70 años o mayores que vivían en los suburbios de Sídney. A todos ellos se les hizo caminar seis metros por triplicado. Se tomó la velocidad mayor de los tres intentos y se normalizó la medida de acuerdo a la estatura del individuo. A la cohorte se le revisó periódicamente su salud. El conjunto estuvo compuesto por apenas una mitad de personas nacidas en Australia. Había italianos, británicos, griegos y chinos. Durante el tiempo que duró el estudio fallecieron 266 individuos. Los resultados indican un fuerte vínculo entre la celeridad a la que se mueven los ancianos y su probabilidad de expirar. Aquéllos cuya rapidez promedio fue de 0.82 metros por segundo (m/s) tuvieron la mortalidad más alta. Con acelerar un poco y llegar a 0.88 m/s, la probabilidad de esquivar a la muerte aumentó 1.23 veces. A medida que los viejos aceleraban, la segadora iba rezagándose. Los que rebasaron el límite de 1.36 m/s (casi 5 kilómetros por hora), sobrevivieron todos. Existen diversos estudios sobre el nexo entre la velocidad con la que se camina y la mortalidad, los cuales muestran que dicha correlación es independiente de la raza o etnia a la que se pertenezca. Si bien las razones biológicas permanecen poco claras, el dato es útil para impulsar actividades que promuevan la salud de las personas, independientemente de su edad.
La muerte anciana es, por lo que estar en forma puede ser la mejor estrategia para burlarla cual gacela al león. Entrénese, querido lector, no vaya a sentir la mano huesuda en su espalda.
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