En su obra más conocida, El Príncipe, Nicolás Maquiavelo desarrolla una teoría del uso (y abuso) del poder. En el libro (escrito en 1513) establece que cualquiera que lo tenga entre sus manos, para conservar al poder (la cosa más importante después de conquistarlo) tendrá que hacer del “miedo” su mejor aliado (no el miedo propio, sino el miedo que pueda provocar en los demás). Reflexiona Maquiavelo: “De aquí surge una controversia: si es mejor ser amado que temido o viceversa. Se contesta que correspondería ser lo uno y lo otro, pero como resulta difícil combinar ambas cosas, es mucho más seguro ser temido que amado…”. Escribió esto inspirado en Lorenzo de Médicis: escribía, pues, para un “príncipe” de modelo monárquico, en donde la suya era la figura que unipersonalmente debía ostentar la totalidad de facultades necesarias para ejercerlo y conservarlo.
Pero El Príncipe fue escrito hace 500 años, en la lectura exacta de cómo funcionaba el régimen y el sistema de gobierno… ¡de hace 500 años! Si bien sigue siendo una lectura deliciosa, un documento imprescindible para cualquier estudiante de ciencia política, aspirante a político o a spindoctor en la actualidad, lo cierto es que Maquiavelo se quedaría sin hígado al darse cuenta de la falta de pericia e inteligencia con la que los políticos actuales leen su obra cual manual de operación política en escenarios en los que ni lejanamente él recomendaría lo mismo de entonces a los “príncipes” de ahora. Les gritaría que no entendieron en absoluto qué es y cómo funciona la realpolitik: entender el contexto, los jugadores, los fines y los medios. Y aunque el fin sigue siendo el mismo (conquistar y conservar el poder), 500 años después no lo son ni el contexto ni los jugadores ni los medios. No hoy. En una democracia, Maquiavelo invertiría el consejo: “Es deseable ser amado antes que ser temido” (porque el amor se traduce en votos: el temor jamás. Simplemente por eso).
Lástima que tantos gobernantes hoy (brutos) han apostado ciegamente por provocar temor entre actores políticos, adversarios y, peor, entre sus gobernados. Cuando la estrategia del miedo es empleada en sistemas democráticos, tenemos como resultado unos bodrios autoritarios como en Venezuela, Bolivia o Rusia. Hugo Chávez transitó las urnas, pero terminó por apabullar a todos en su país; la muerte lo llevó antes de darse cuenta que el amor y el temor no son compatibles. Cristina Kirchner ha sido otra más del grupo de esos líderes que han intentado anclar su poder en el ejercicio del terror. O Vladimir Putin, otro de estos “demócratas” que utiliza el discurso de segregación para atemorizar a sus detractores y bravuconerías tantas para intimidar a sus adversarios. Al final, ya vimos parte del resultado: Cristina y su candidato, derrotados. Evo está impedido para una tercera reelección. Nicolás Maduro fue apaleado en las urnas (con un país en quiebra). Y Putin es detestado por los suyos y los ajenos. Y éstos son unos ejemplos sobre cómo es posible equivocarse tanto y tan gravemente cuando no se sabe leer adecuadamente la realidad. Y hay ejemplos todavía más hilarantes de quienes se quieren asumir en Lorenzos de Médicis y piensan que Florencia es lo mismo Macuspana que Morelia, que Toluca o que Xalapa.
Pero ni siquiera al Maquiavelo de 1513 supieron leer debidamente: él escribía que el miedo (en monarquías) era una estrategia válida cuando a través de él se procura y se tiene al pueblo en condiciones óptimas que les permitan conservar su reino. Y en algunas de nuestras democracias, estos neoprincipados en las Repúblicas de las Bananas conquistan el poder que sólo quiere más poder y al final se enferman de poder. Y el pueblo, indigestado de esos trasnochados lectores de Maquiavelo, simplemente acude a las urnas y los manda de regreso a sus casas, a la cárcel o, mínimo, a tomar algún cursillo de Tocqueville para principiantes (o ya de perdida, a leer a Dick Morris y su Nuevo Príncipe para las democracias).
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